lunes, 11 de septiembre de 2017

Barcelona tendrá la primera escuela pública LGTBI “amigable”



La escuela Turó Blau del barrio barcelonés de Sant Andreu del Palomar será el primer centro público catalán validado como “LGTBI amigable” por la Asociación de Familias LGTBI, que el próximo curso aplicará allí el programa “Escuelas Rainbow” para sensibilizar sobre la diversidad en las aulas.
El proyecto, que dura dos años, ya se ha aplicado en otros centros concertados y privados, y se realizará gracias a la subvención de La Filadora, el fondo de solidaridad de los concejales de Barcelona en Comú, que financiará los 4.000 euros por curso que cuesta.
La presidenta de la entidad, Katy Pallàs, ha explicado a Efe que el proyecto “Escuelas Rainbow” es un programa para prevenir las conductas homófobas y la marginación social de las personas LGTBI y de sus familias en las escuelas de infantil y primaria.
Tres profesionales de la entidad formarán a los docentes, a las juntas directivas y al personal no docente de los centros y ayudarán a los profesores a incluir materiales didácticos (como libros o películas) en sus clases, sea cual sea la materia.
Además, durante el segundo año, el centro debe organizar unas jornadas para celebrar la diversidad, a través de actividades, charlas o cineforos.
En los talleres, los formadores explican a los profesores temas como la diferencia entre género y sexo, o la afectación que puede tener el binarismo en las personas que no lo pueden cumplir, siempre con el objetivo de que este conocimiento lo trasladen después a sus clases, con un lenguaje adaptado a los más pequeños.

Esto se consigue a través de materiales didácticos que la entidad pone a disposición de los centros, ya sean libros o largometrajes.
Por ejemplo, la asociación facilita dos documentales que ha rodado: Hom Baby Boom, dirigido por Anna Boluda y que aborda el papel de las familias LGTBI, y Right to Love, de la directora Adaia Teruel, que trata la situación legal de las familias LGTBI en los diferentes países de Europa.
El programa también llevará a la escuela a un cuentacuentos y prestará varios libros para que los profesores los trabajen en clase, como Aitor tiene dos madres, El gran libro de las familias, Las cosas que le gustan a Fran, Papá, papi y yo y La princesa valiente.
La presidenta de la entidad reconoce que el proyecto surgió hace tres años porque las familias venían a su entidad a pedir referencias sobre escuelas seguras, en las que sus hijos no fueran discriminados, ya sea por su orientación o identidad sexual o la de sus padres.
Pallàs cree que “la información es lo que nos hará libres” y por ello ve imprescindible que los niños “escuchen desde pequeños palabras como gay, lesbiana o trans” porque así “se rompe el estigma”, y subraya que la mejor manera de hacerlo es desde pequeños y a través del acompañamiento de sus profesores.
El programa está inspirado en otro similar que se lleva a cabo en Inglaterra desde hace diez años y es el único de este tipo en Cataluña ya que, aunque sí que se imparten talleres esporádicos, no hay una “educación en la diversidad sostenida”, asegura Pallàs.
Katy Pallàs reconoce que le hubiese gustado contar con el apoyo de la Generalitat, con la que se reunieron hace meses para exponerle el proyecto, tras haber solicitado un encuentro en numerosas ocasiones, aunque finalmente no lograron ningún compromiso, lo que critica porque de esta manera “incumplen” el artículo 12 de la Ley catalana contra la LGTBIfobia.

Isabelle Stengers: Imaginar entre el desastre


DESDE LA REVISTA PIKARA MAGAZINE, nos hemos encontrado con este libro maravilloso:


La científica y filósofa belga analiza en el ensayo ‘En tiempos de catástrofes’ las consecuencias de que la ciencia y academia estén al servicio de un capitalismo que ejerce violencia sobre Gaia, nuestra biosfera expoliada. Prestar atención a su obra nos prepara para prestar atención a nuestra realidad.

Mientras leía el ensayo de Isabelle Stengers, En tiempos de catástrofes (Ned Ediciones, 2017), no podía parar de pensar en una película inglesa de 1951 llamada El hombre vestido de blanco (The man in the white suit). Esta película cuenta la historia de un inventor que crea un tejido que no se ensucia ni se rompe. El inventor, al que ninguna universidad o empresa quiere subvencionar sus experimentos, se dedica a colarse en los laboratorios de distintas fábricas textiles para hacer ensayos. Un día, después de innumerables pruebas, da por fin con la fórmula para elaborar este tejido irrompible a prueba de manchas. A partir de ese momento, el mundo entero se vuelve en su contra. Nadie quiere que se comercialice este invento, ni los empresarios textiles, que ven peligrar su negocio, ni los obreros de las fábricas, que temen perder sus trabajos. Mano de obra, a través de los sindicatos, y capital se alían para intentar frenar a este inventor «irresponsable» que pretende alterar los «delicados» equilibrios del capitalismo en vez de usar la ciencia para alimentar el tejido productivo del sistema. En su huida, el inventor se cruza con una humilde lavandera que le reprocha su actuación en nombre de un progreso que hace más mal que bien a la humanidad. El científico la mira, reflexiona durante unos segundos y sigue su carrera. Nadie impedirá que dé a conocer su invento. Seguro esta vez conseguirá una beca.
Más de medio siglo separa esta perspicaz comedia negra del ensayo sobre nuestros «tiempos de catástrofes» de la científica y filósofa belga Isabelle Stengers, y sin embargo, ambas obras tienen no pocas observaciones en común: ciencia y academia al servicio de las necesidades productivas del capitalismo, encuentros y desencuentros entre clases sociales capitalistas, ceguera del progreso respecto a sus consecuencias, crecimiento sin otro fin que el crecimiento… Sin embargo, Stengers, plenamente instalada en el siglo XXI, introduce otros elementos claves en su análisis del presente que en la época del filme, plena postguerra, no eran todavía tenidos en cuenta, como las nuevas tecnologías, el Estado como factor que ha perdido su «autoridad» frente al capitalismo, o la «intrusión de Gaia», concepto con el que la autora define cómo la Tierra responde ante las modificaciones violentas que en ella provoca el sistema de producción capitalista.




En En tiempos de catástrofes, Isabelle Stengers, una de las principales exponentes de la filosofía de la ciencia (rama de la filosofía que estudia el saber científico y sus consecuencias socioculturales), invita a los lectores a repensar el estado de su entorno y a plantear sus propias preguntas para intentar llegar a espacios en los que se experimenten nuevas respuestas a problemas comunes. Stengers ofrece algunas claves para indagar en un presente del que con frecuencia solo se contempla la imagen distorsionada que ofrece el poder, o «nuestros» responsables, en palabras de la filósofa, cuyo estribillo tantas veces oído «es necesario, no tenemos elección», para justificar sus actuaciones, transforma en costumbre lo intolerable y aleja nuestra atención de las cuestiones realmente importantes, aquellas que nos hacen pensar, inventar, actuar. A través de la reflexión, Stengers apuesta por una lucha política que va más a allá de la política, que no se conforma con defender conquistas ganadas en el pasado y denunciar los escándalos, sino que trabaja activamente en la construcción del futuro y manifiesta en voz alta preguntas tales como «¿quién paga a los técnicos, cómo se educa a los científicos, a qué sueños de riqueza se confía la tarea de “reactivar la economía”?»
Y transversal a todas las cuestiones, Gaia, nuestra biosfera, fuente expoliada de energía y vertedero del capitalismo, cuyas reacciones brutales al maltrato humano hay que tener en cuenta en cualquier elaboración nueva de pensamiento. Isabelle Stengers menciona la catástrofe del huracán Katrina como ejemplo de intrusión de Gaia, y como la «barbarie» llegó no por el desastre natural sino por la respuesta que se le dio a este desastre: «los pobres abandonados mientras los ricos se ponían a resguardo». Según la autora, las acciones a tomar frente a la intrusión de Gaia, y en la lucha anticapitalista en general, han de pasar por la independencia respecto al poder y por producir nuevos saberes (y rescatar saberes antiguos) que den respuestas locales a situaciones concretas. Para producir estos nuevos saberes es indispensable una nueva generación de técnicos y científicos que no sometan sus prácticas a las fuentes de financiación actuales (empresa y Estado), así como aprender a experimentar «los dispositivos que nos hagan capaces de vivir las adversidades sin volcarnos en la barbarie, creer en lo que alimenta la confianza allí donde amenaza la impotencia terrorífica».
Leer a Isabelle Stengers no es fácil. En En tiempos de catástrofes, la filósofa dedica un capítulo al arte de prestar atención. Arte, que no capacidad, en el sentido de que «la atención, aquí, no se refiere a lo que es a priori definido como digno de atención, sino que obliga a imaginar, a consultar, a encarar consecuencias que ponen en juego conexiones entre lo que tenemos la costumbre de considerar como separado». La lectura de la obra de Stengers requiere que cultivemos el arte de prestar atención en la forma que ella indica. No basta con leer sus palabras y hacernos un dibujo mental de lo que nos expone, sino que exige un esfuerzo por nuestra parte, una posición lectora activa, a la vez que sosegada, que implica parar y releer, conectar con nuestras referencias, pensar, asentir o no, buscar otras referencias nuevas. Prestar atención durante la lectura de Stengers nos prepara para prestar atención a nuestra realidad. En mi caso, en mi proceso personal de lectura, no podía evitar que se colara de forma insistente la imagen de un hombre vestido de blanco tratando de ocultarse entre las sombras de la noche.

jueves, 7 de septiembre de 2017

GASTEIZEKO ELKAR LAGUNTZA TALDEA /// GRUPO EN GASTEIZ


IRAILEKO HILABETEKARIA // Actividades mensuales de SEPTIEMBRE

Lagun agurgarriak:
Honi erantsita bidaltzen dizuegu interesgarria izango den informazioa.

Pozik hartuko genuke zuen laguntza honi zabalpena emateko.

Agur bero bat.

 


Estimadxs amigxs:
 
Adjunto envío información que consideramos puede ser de vuestro interés.
 
Os agradeceríamos que le dieseis la mayor difusión posible.
 
                        Saludos cordiales.

martes, 18 de julio de 2017

http://www.pikaramagazine.com/2017/07/maternidad-igualdad-y-fraternidad-contra-la-precarizacion-de-la-crianza/

http://www.pikaramagazine.com/2017/07/maternidad-igualdad-y-fraternidad-contra-la-precarizacion-de-la-crianza/

Pikara Magazine   14/07/2017

“Si la crianza tiene tal influencia en la sociedad, ¿por qué no goza de ningún reconocimiento social?”, se pregunta la autora del libro, Patricia Merino.

Eché un vistazo al índice y vi que trataba muchos de los temas que me venían preocupando desde que fui madre, a los que no había terminado de dar forma en mi mente, y que a su vez me generaban contradicciones como feminista.
Merino explica en la introducción del libro que ha tratado de “analizar la condición social de la maternidad” y de prestar atención al “modo en que la desigualdad se reproduce y se intensifica a través de la precarización de la crianza”, puesto que, según su opinión, hasta ahora esas cuestiones no han recibido ninguna atención. Es más, expone cómo se acercó al 15M, pero sus propuestas sobre poner lo reproductivo en el centro de la agenda y “visibilizar la situación de las madres reales” solo fueron escuchadas en momentos posteriores, en asambleas de barrio. Merino cree, de hecho, que esa falta de sensibilidad hacia las madres y hacia niños y niñas es parte del problema, y que así todas y todos no estamos representados en la política, aunque esa sea la consigna.
También hace referencia al modo en que, en general, se aborda la maternidad dentro del feminismo. Describe Merino que se suele aludir a la alienación, a la maldición biológica y al patriarcado, sin dejar espacio a la maternidad elegida y entrañada.
El libro consta de tres partes diferenciadas que toman su nombre del título de la obra: Maternidad, Igualdad y Fraternidad. La palabra ‘maternidad’ sustituye a la ‘libertad’ en esa tríada, en tanto que la autora considera que ambos conceptos constituyen una disyuntiva radical en las sociedades industriales. Cierta pérdida de libertad es casi inevitable en algunas etapas de la crianza, pero debería afectar de igual forma a madres y padres, si se implican al mismo nivel. Sin embargo, esa pérdida de libertad se emplea para dominar a las mujeres, con lo que difícilmente se podrá lograr un equilibrio entre maternidad y libertad en las condiciones actuales.

(...)

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miércoles, 28 de junio de 2017

UZTAILEKO HILABETEKARIA /// Actividades mensuales de JULIO



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lunes, 26 de junio de 2017

El GENERO NO TIENE EDAD

NAIZ                25/06/2017          REPORTAJES        mujeres transexuales  

http://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k_2017-06-25-07-00/hemeroteca_articles/el-genero-no-entiende-de-edad

 
La figura de un hombre maduro que se afirma como mujer transexual, y a veces además lesbiana, cuestiona muchas normas establecidas, produciendo a menudo rechazo e incomprensión. El imaginario colectivo carece de referentes positivos, sobre todo en el caso de las personas que transitan ese camino siendo ya adultas. 
 
Yo era más hombre que muchos de los hombres que andan por la calle. Un verdadero macho que sabía imponerse, con un cuerpo digno de un culturista y los brazos tatuados. Jamás me sentí atraída por los chicos. Siempre me han gustado únicamente las mujeres». Zenia tenía 5 años cuando por primera vez le pusieron una falda. Alguien trajo ropa para su hermana pequeña y ella sirvió de modelo. Lo pasó en grande. No entendía por qué tuvo que quitarse la falda antes de que su padre volviera del trabajo, pero comprendió que solo a escondidas podría sentirse otra vez feliz.
 
Zenia creció en un barrio en el que las disputas se resolvían a menudo a golpes. Tenía que saber defender su terreno. Pero la lucha más difícil fue la que llevaba dentro, contra la mujer interior que no quería irse. Se enamoró a los 18 años. Pensó que todo iba a ser «normal», pero la mujer que tenía dentro volvió a la carga. Decidió presentársela a su novia y poco a poco la incorporaron a la vida de pareja.

De cara a la sociedad ella era Álex, conductor de excavadoras. En casa surgía Zenia, vestida con sus prendas de chica. «Yo me sentía muy bien con esa ropa. Pero el mundo exterior te manda otro mensaje. Te hace pensar que es algo malo y finalmente dudas de ti misma», explica.

«Muchas mujeres transexuales adultas viven todavía como hombres de cara a la sociedad –explica Rosa M. Almirall, ginecóloga y cofundadora de Trànsit, un servicio que se creó en Barcelona en el 2013 para asistir a las personas transexuales–. En su adolescencia ni se planteaban que algún día podrían vivir de acuerdo con su verdadero género. Asociaban la transexualidad a la marginación, la prostitución o la enfermedad. Estas mujeres han hecho todo un desarrollo profesional y familiar asumiendo el papel masculino. Pero en su intimidad, buscan momentos que les permitan expresar su feminidad y durante años conviven con los dos roles, hasta que llega un momento en que la necesidad de afirmarse es imparable».

Zenia: «Una voz me dijo ‘¡Mátate!’». En Zenia, esta doble vida desató una espiral de sentimientos muy contradictorios. El bienestar que le procuraba la ropa femenina se entremezclaba con una sensación de culpa: «Intenté hacerme aún más machote. Me tatué los brazos y me dejé perilla. Quería asegurarme de que cuando me pusiera un vestido vería que no cuadraba con mi cuerpo. Que yo era todo un hombre y debía quedarme con eso y seguir tirando».

Un día, mientras conducía la excavadora, se oyó decir a sí misma: «¡Mátate!». Fue el detonante y entendió que tenía que hacer algo. La psicóloga le recetó pastillas contra la depresión. Dos años más tarde, Zenia seguía sin entender lo que le pasaba y, aunque oyó hablar de mujeres transexuales, no se identificaba con ellas. A ella le gustaban las chicas. Un artículo en internet le abrió los ojos: «Por primera vez leí que una mujer transexual puede también ser lesbiana. ¡Finalmente las cosas encajaban!». El sentimiento de culpa iba desapareciendo y Zenia empezó a disfrutar realmente de su feminidad. A veces iba a casa de su amiga Yolanda, con ropa femenina en una bolsa. «Me cambiaba allí y pasábamos el tiempo charlando. La primera vez que le expliqué lo que me pasaba se levantó y me trajo ropa suya».

Cuando sufrió un accidente laboral, se dijo que había llegado el momento de las decisiones. Tomó un mes para reflexionar sobre su vida y se fue a una ciudad donde nadie la conocía. «Por la noche, vestida de mujer, paseaba por las calles para ver cómo me sentía –explica–. Y entendí que no podía fingir más ser un hombre». De vuelta a Barcelona descubrió EnFeme, un espacio privado donde personas como ella pueden expresar su género sin sentirse juzgadas. Allí también conoció a Soraya, una psicoterapeuta que le ayudó a tomar confianza en sí misma. Poco después Zenia empezó el tratamiento hormonal.

El primer golpe vino desde la Unidad de Trastorno de Identidad de Género (UTIG), donde acudió porque quería seguir su tratamiento bajo el control de un endocrinólogo. Necesitaba también un informe de un psicólogo para poder cambiar su DNI. «Después de quince minutos de entrevista, la psicóloga me diagnosticó como travesti-fetichista, solo porque le dije que tenía novia. Me negó todo lo que le pedía. Yo ya sabía muy bien quién era pero, incluso así, salí a la calle muy afectada».


El largo y duro camino legal. La experiencia de Zenia no es algo aislado, es una situación que los colectivos transexuales denuncian desde hace tiempo. Incluso aunque desde el 2007 las personas trans pueden cambiar su DNI en el Estado español sin necesidad de operarse, la ley mantiene un procedimiento psiquiátrico y psicológico obligatorio para otras etapas de la transición. Para poder cambiar el carnet de identidad, acceder a las hormonas o someterse a una operación es necesario obtener un diagnóstico de disforia de género. Según los colectivos transexuales, para elaborar esta diagnosis se usan criterios muy rígidos que definen de antemano un ideal transexual y la realidad de trans, dicen, es tan diversa como la de cualquier otro grupo humano.

«Hay un abanico de posibilidades de cómo puedes ser, desde un hombre supermacho hasta una mujer superfemenina –explica Zenia–. ¿Por qué yo tengo que elegir entre los dos extremos? A mí me apetece quedarme en una de las escalas intermedias. Me gustan las chicas y estoy orgullosa de mi identidad transgénero. Disfruto de lo que tengo femenino y me perdono mi lado masculino. ¿Por qué tengo que pensar que es un problema?».

Zenia pudo cambiar sus papeles y acceder a las hormonas gracias a la ayuda de Trànsit, pero en localidades donde no existe un servicio similar las mujeres trans todavía tienen que someterse a procedimientos psicológicos obligatorios. «El carácter obligatorio de las evaluaciones psicológicas no tiene ningún sentido –subraya Rosa Almirall–. De las personas adultas que acuden a Trànsit, solo un 20% pide un acompañamiento psicológico durante la transición. La gran mayoría tiene muy claro quiénes son y para ellas la evaluación obligatoria resulta muy penosa».

Gracias a la lucha de los colectivos trans, las cosas empiezan a cambiar poco a poco. «En Catalunya, el departamento de Salud anunció en octubre pasado que se adoptará un nuevo modelo de atención a las personas trans –explica Eric Sancho, de Generem!, asociación creada en Barcelona en el 2015–. El cambio incluye, entre otros, que no se hará ningún examen psicológico obligatorio. Ahora es cuestión de determinar el protocolo e implementarlo».

A nivel estatal, a principios de mayo se aprobó en el Congreso un proyecto de la ley de igualdad LGTBI que va en la misma dirección. «Es importante –subraya Eric Sancho– por si hubiera un cambio de Gobierno, porque los partidos ya se han comprometido».

Pero otros cambios son también necesarios. «Hace falta quitar todos los estigmas y estereotipos sobre las mujeres transexuales, que existen también entre los profesionales de salud –matiza Almirall–. La transexualidad puede aparecer en cualquier familia, independientemente de su estatus social, religión o posición política. Cualquier persona se puede encontrar con alguien que quiere hacer la transición. Otra cosa es que se atreva a decirlo. Hay todavía mucha gente escondida».

Tina: «Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!». Tina también pasó gran parte de su vida luchando contra su feminidad interior. Hoy tiene 48 años. «Cada momento de mi vida iba acompañado de la idea de no estar en mi papel –explica–. Es como si alguien te hubiese puesto frente a una película: sabes que estás dentro, pero es como si mirases una película. Estás siguiendo un guion que no es tuyo. Hablaba con la gente y, mientras les escuchaba refiriéndose a mí en masculino, una voz dentro de mí decía: ‘¡Que soy yo! ¿No lo ves? Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!’».

Un día, siendo todavía adolescente, grabó un mensaje en una casete, copió el contenido en un papel y escondió ambos de manera que cualquiera hubiera podido encontrarlo. «Quería que alguien lo oyera, lo leyese, y que ‘la bomba’ explotara. No pensé en lo que iba a pasar después. Solo quería que esto saltase ya y no encontraba otra manera».

Pero la bomba no explotó y Tina tuvo que guardar su secreto muchos años más. Se enamoró a los 18 años y también pensó que todo se iba a arreglar. Pasaron dieciséis años, un divorcio y otra relación. La sensación de que algo no cuadraba volvía cada vez con más intensidad y la mujer que llevaba dentro buscaba una salida. A veces, Tina imaginaba cómo podía ser su vida si dejara libre el ser que vivía en su interior. Pero el horizonte se llenaba rápidamente con los peores presagios: prostitución, marginación: «No tenía ninguna gana de ser prostituta ni de divertir a la gente. Quería mantener mi vida y mi trabajo. Solo quería liberarme de este cuerpo que no era mío».

Muchas mujeres trans prefieren aparcar su transición por miedo a perder su trabajo: el proceso puede durar hasta cuatro años y, durante este tiempo, temen ser expuestas al rechazo. Otras optan por iniciar el tratamiento cuando, por ejemplo, están en paro, sin que nadie lo sepa y así poder construir de cero una nueva vida. Encontrar un trabajo después ya es otra cuestión, dado que la transfobia es muy aguda en el mundo laboral. La Federación Es&bs;pañola de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales estima que el colectivo acusa una tasa de paro de entre el 60% y el 80%.

A Tina un problema de salud le hizo replantearse su vida. Tenía 41 años y se dio cuenta de que le podía pasar cualquier cosa en el momento menos esperado y no quería llevarse su secreto a la tumba. Sabía que la transición iba a ser dura y decidió buscarse «aliados». En cada entorno eligió a una persona a la que se sentía más cercana y habló primero con ella. «Tina me invitó un día a casa a tomar café –recuerda Mari Carmen, una de sus vecinas y su gran amiga– y, con su aspecto masculino, me dijo que, en realidad, era una mujer. Mi primera reacción fue mirar alrededor, por si había una cámara escondida por algún lado».

Aunque hoy lo recuerdan entre risas, al principio cada una de estas discusiones requería mucho valor por parte de Tina. «Hace falta mucha fuerza para imponer al mundo tu verdadero yo. Nadie te apoya, nadie te ayuda y hay muchas que terminan suicidándose. Hace dos años estuve en el entierro de una amiga. Oficialmente era un hombre de 68 años que se colgó y no es verdad. Era una mujer transexual pero nadie lo sabrá jamás».

Faltan todavía muchas cosas para que la situación de estas mujeres mejore. Tener más referentes positivos es seguramente una de ellas. En este sentido, el encuentro con Nati fue decisivo para Tina. «La conocí al principio de mi transición. Es dueña de una peluquería, vive desde hace años muy feliz con un hombre y sus mejores clientes son gitanos que requieren sus servicios para sus bodas. O sea, ¡algo que jamás me iba a imaginar!».

Hace ya 26 años que Tina trabaja en la misma empresa. Desde hace más de un año, como agente cívico (servicio de apoyo a la Policía) recorre los barrios más turísticos o problemáticos de Barcelona. «La gente sigue pensando que una mujer transexual sirve solo para una cosa. Por eso me da tanta satisfacción llevar ahora mi uniforme, para que vean que no estamos en la calle solo para dar precios». Otro freno muy importante que impide a muchas mujeres trans empezar su transición es el miedo a perder a su familia. «La mayoría de parejas de estas mujeres tienen un imaginario muy negativo sobre la transexualidad. A menudo, de entrada, lo rechazan –explica Almirall–. En cuanto a los niños, no todos lo saben y entre los que están al tanto de la situación, solo un 5% la acepta».


Carol: «Fue una suerte que lo entendiese estando jubilada». Carol tiene 71 años. Cuando decidió «salir del armario», de un día para otro se vio en la calle con dos maletas en la mano. Cuarenta años de matrimonio se terminaron con un divorcio en cuestión de días.
Desde fuera, la vida de Carol parecía solucionada: dos hijos, una casa grande, piscina privada y coches de competición. Trabajaba como comercial de ventas en la empresa de su suegro y, poco a poco, subiendo escalones, llegó a ser director general del consejo administrativo. Pero en su interior la necesidad de afirmar su feminidad crecía con el tiempo. Hasta que llegó un momento en que no pudo más: «Es como con el champán. Cuando sacas el corcho todo explota con fuerza y no lo puedes parar. Estuve toda mi vida viviendo con la creencia de que era un bicho raro. Pero cuando entendí quién era, ya no podía dar marcha atrás».

Desde muy pequeña Carol sentía atracción por la vestimenta femenina y, cuando se quedaba sola en casa, corría a probarse las prendas de su madre y su hermana. Mientras duró su matrimonio se compraba la ropa a escondidas. Poco a poco empezó a contárselo a su mujer. «Ella no estaba de acuerdo ni lo entendía, pero lo toleraba mientras que, de cara al exterior, se mantuviera el secreto. Todo cambió cuando decidí hacer la transición», cuenta. Empezó el proceso hace apenas siete años. ¿Por qué tardó tanto? «Me tocó vivir mi juventud en un ambiente cerrado y muy fascista. Yo misma no sabía lo que me pasaba. E incluso si era el caso, ¿a quién hubiera podido decir que era una mujer transexual? En el mejor de los casos te daban una paliza. En el peor te metían en una celda para que los hombres disfrutaran contigo. Dentro de lo malo, quizás fue una suerte que entendiese todo cuando ya estaba jubilada. Si hubiera sabido antes qué pasaba conmigo, mi vida probablemente habría sido muy diferente. Seguramente nunca habría llegado a ser director general y, a lo mejor, ni siguiera hubiera podido mantener un trabajo cualquiera. Por lo menos ahora no temo por mi porvenir».


Lina y Ali, más allá del género. Por suerte no todas las transiciones conllevan rupturas afectivas tan dolorosas. El ejemplo de Lina y Ali demuestra que es posible dar el paso sin perder la familia. Ellas se conocieron hace más de 24 años. Hasta hace poco Lina, que hoy tiene 44 años, cumplía como podía con su papel de hombre y padre. Por dentro, cuenta, libraba una batalla contra sí misma y solo en carnaval se daba el permiso de salir a la calle vestida de mujer. Finalmente, un día le explicó a su esposa que quería hormonarse y empezar un proceso de transición. «No quiero en mi vida al hombre amargado de antes –dice Ali–. No éramos felices ni sinceras la una con la otra. Ahora Lina disfruta de una nueva juventud y yo me siento como si me hubiera dado una nueva vida».
Todavía quedaba contárselo a su hijo. Un día, mientras Lina jugaba con él, el niño le dio un empujón y, al quejarse, el pequeño le soltó: «Es que tú eres un poco mujercita». La frase dio paso a una conversación que siguió con un documental que vieron los tres juntos sobre transexualidad. «¿Y esto es lo que le ha pasado a papá toda su vida? –suspiró el niño–. ¡Pobrecito, lo que ha sufrido!».
Hoy viven en armonía y Lina afirma ya plenamente su verdadero género. «El camino no es fácil, pero tampoco imposible –dice Ali–. Sé que todavía habrá muchas piedras que evitar y lloros por secar. Pero nuestro amor me da fuerzas para seguir. Más allá de la apariencia y del género, yo solo veo en Lina a la persona más importante en mi vida y eso me basta».