A mis 21 años de edad, sabía quién era Virginia Woolf, pero no tenía ni puñetera
idea de que una tortilla de patata se hacía friendo tubérculos.
Hoy lo he hecho. Ha sido uno de esos días. He abierto el cajón de la ropa
interior y los calcetines, y al ver que no me quedaban bragas limpias he
pensado en salir a la calle, con una parte de abajo del bikini, y comprarme
nuevas. Mi reino por no tener que poner la lavadora. ¡Mi vida si hiciera falta!
No sé si esto estará estrechamente relacionado con la tradicional educación que
he recibido en una familia demasiado jerárquicamente estructurada donde mi
madre se encargaba del trabajo del hogar (así como de trabajar fuera otras ocho
horas), mi padre de las chapuzas ocasionales y del coche (así como de trabajar
fuera otras ocho horas), y mi hermana y yo teníamos como única tarea estudiar y
no enfadar a lxs mayores (así como ir a solfeo, txistu y tamboril, dantza y
ajedrez). Sí, habéis leído bien: los sábados por la mañana mi hermana y yo
íbamos a clases de ajedrez. ¿Para qué? Nadie lo sabe. Creo que somos las
personas menos competitivas sobre la faz de la tierra, y dedicábamos un puñado
de hora de nuestros tiempo a escuchar a Gerardo (un saludo, si me lee) hablar
sobre enroques y no sé qué gaitas. Total, que la vida pasaba plácidamente para
nosotrxs, sin tiempo, neuronas ni referentes (no nos estaba permitido ver la
tele entre semana y los fines de semana apenas teníamos tiempo) que pudieran
indicar que aquello era, cuando menos, injusto, anticuado y ridículo. Hasta que
un buen día, en la universidad, una examiga explicaba no recuerdobienqué
adornado con un “…y mientras freía patatas para hacer una tortilla…”. Yo
reaccioné de la manera más estúpida que recuerdo en tiempo. Hoy por hoy cuando
pienso en esta interacción dentro de mi cabeza, aún me sonrojo. Dios. Es que yo
he sido muy boba: empecé a reírme escandalosamente e interrumpí su historia con
algo similar a “¿para qué fríes patatas al hacer una tortilla? Anda tía, no te
inventes historias”. ¿Hola? Sí, señoras y señoras, lo confieso: yo dije ESO. Y
me quedé más ancha que pancha. Ridiculicé la historia de mi examiga como sólo
una ignorante desinformada y osada puede hacerlo. A mis 21 años de edad, sabía
quién era Virginia Woolf, pero no tenía ni puñetera idea de que una tortilla de
patata se hacía friendo tubérculos. En ocasiones he escuchado que hay niñxs por
el mundo que piensan que las vacas son moradas, como las del anuncio de una
conocida marca de chocolate que empieza por Mil y acaba por Ka. También hay
quien bromea con que todos los productos aparecen milagrosamente en árboles.
Envasados. Yo ya no me río, ni juzgo a este sector de la población que desconoce
este tipo de información: porque yo fui una de ellas. Repito por el megáfono: a
mis veintiún años no había hecho nunca una tortilla de patata. Yo cuando quería
tortilla, lo decía en alto, y al de 30 minutos tenía una tortilla sabrosa,
redondita y sin cebolla en el plato. Doctora, ¿es grave? ¡Pues claro que sí! Es
para encerrarme en la UVI y pasarse semanas observando mis movimientos
cerebrales. De haberlos. En fin. Pero todo esto tuvo fácil solución, porque ese
mismo año me fui de Erasmus y desde entonces no he vuelto a vivir con mi
familia nuclear. Ahora sé de dónde vienen los productos que me como. Hay dos
opciones: de la sección de comida preparada del supermercado o de la de
congelados. ¿¡!? Soy un desastre hogareño. Apenas cocino. De vez en cuando, muy
de vez en cuando, hiervo arroz o pasta, y lo mezclo con lo primero que se me
ocurre. Pero mis dotes culinarias no pasan de hervir o freír productos que se
“cocinen” solos en menos de 20 minutos. No tengo paciencia para planear con
mimo lo que comeré mañana. Yo sólo decido qué quiero comer cuando me viene a la
cabeza. Y es en ese mismo instante cuando abro la nevera y me meto en la boca
lo primero que pillo. Mi psicóloga me prohibió comer comida fría. También me
prohibió comer con las manos. Decía que eso creaba entre yo y la comida una
relación demasiado primitiva. Por más que lo pienso, no lo acabo de entender
del todo. Ojalá tuviera con la comida una relación primitiva y sólo ingiriera
productos que me sirvieran para nutrirme. No es el caso, obviamente. Bueno,
pero basta de hablar de comida. Que me entra hambre, y no tengo nada en la
nevera. Como he dicho anteriormente, detesto con todas mis fuerzas hacer la
colada, pero sobre todo odio sacar la ropa de la lavadora y colgarla. Es
superior a mí. Yo creo que hasta me invento que me acaba doliendo la espalda de
hacer el movimiento ese de agacharte y levantarte. Es importante explicar que
tampoco estoy lo que se viene llamando “en forma”. Y ojo, que forma tengo
mucha. En fin. Descolgar la ropa tampoco es mi fuerte. Doblarla y meterla en el
armario es misión imposible. La ropa tiesa y del revés se pasa sobre mi cama
semanas mientras la aparto a un ladito para dormir sin que se caiga al suelo.
Sí, señoras y señoras, a menudo, comparto cama con mi ropa recién descolgada.
¿Soy la única? Gracias al cielo, hoy en día, planchar es anticuado. Así que un
trabajo que me ahorro. Recuerdo, de pequeña, hacer compañía a mi madre mientras
planchaba los domingos: los calcetines, las toallas, los tangas de hilo…¡lo
planchaba todo! Yo pensaba que estaba loca. Ahora lo afirmo sin dudarlo y sin
temor a equivocarme. Planchar no es necesario. Esto es un hecho irrefutable y
por todo el mundo conocido. Pero sigamos con la tortura china. Tengo una amiga
que siempre cuenta una historia, como si no le hubiera pasado a ella (y no, yo
no soy esa amiga) “… mi amiga metió en el microondas las bragas para que se
secaran. ¡Y se le derritieron!”. ¿Qué haríamos hoy en día sin nuestros
microondas? En él puede hacerse prácticamente todo. ¡Hasta secar bragas! Yo me
hago proto-tortillas francesas y mi abuela se hace pescado. Cualquier cosa por
no llenar los fuegos de grasa, y luego tener que limpiarlos con ahínco y
dedicación. Poner cera, pulir cera. No señora, no. Me niego. Porque todo el
mundo sabe que la grasa de los fuegos es peor que la de los brazos, no se quita
ni a tiros. El caso es que en la cima del acantilado de los veintipico, y a
punto de cruzar a la treintena por uno de esos puentes inestables de manera,
soy una inútil para el trabajo del hogar. El otro día comía con mis amigas y
una de ellas se alegraba de que su pareja, hombre, se hubiera encargado de la
casa mientras ella estaba enferma. Lo de siempre: se supone que debería ser lo
normal, pero todas sabemos que es de agradecer y de sentirse afortunada,
incluso. Porque la calle es una jungla de machos que sólo quieren ocuparse de
las chapuzas ocasionales y el coche. Cuando la oí contarlo me avergoncé un poco
de mí misma. ¿Y qué pasa en las relaciones bollo? Es un suponer pero, ¿qué pasa
cuando una inútil como yo que por una cosa o por otra se ha librado de trabajar
en casa y que no sabe lo que va a comer hasta que le entra el hambre, tiene que
conciliar su vida profesional, su activismo y su agitada vida social, su vida
amorosa y su vida hogareña? Me vienen a la cabeza las manis del uno de mayo:
“Hombre, trabaja, no seas patrón en casa, también en la cocina se da la
explotación”. ¿Y yo? ¿Y yo qué tipo de ser explotador soy? Cuando vives tu vida
como individua no emparejada, la repartición del trabajo del hogar es sencilla:
haces lo que consideres oportuno, cuando lo consideras oportuno. ¿Pero cuando
entran segundas personas? ¿O incluso terceras? Ya no hablo de poliamor, sino de
compartir piso con amigas. ¿De dónde salen los vicios que tenemos? ¿Dejamos de
ser feministas si nos escaqueamos siempre de limpiar el baño por saber que ya
vendrá quién lo haga? ¿Debo empezar a planear lo que comeré dos semanas antes
para no dejar en manos de mi significant other la carga culinaria? ¿Qué es una
casa ordenada? ¿Qué es una casa limpia? ¿Es realmente necesario limpiar los
cristales? ¿Y las persianas? ¿Es la caída de pelo en la ducha, un mecanismo del
cuerpo para recordarnos que también hay que ocuparse de limpiar la bañera? El
otro día salía un artículo sobre si tener trabajadora del hogar en casa nos
hacía menos feministas. ¿Y si lo has pensado alguna vez? Yo confieso que lo he
pensado. ¿En qué me convierto? ¿Esto es como cuando de adolescentes temíamos
ser infieles, porque te metían hasta por los ojos, que si piensas en alguien
que no sea tu pareja, aunque no te acerques a ella/él, la infidelidad ya
empieza a ser verdad y por tanto eres una zorra redomada? ¿Es la no-convivencia
una manera de prolongar las relaciones para que las vagas de mierda como yo no tengan
que negociar sobre trabajo del hogar? ¿Hablan las feministas de ser feministas?
¿O esto es como las modernas, que cuando hablan de moderneces utilizando
lenguaje metamoderno, dejan de serlo? ¿Alguien me compra un feministómetro por
mi cumpleaños? O mejor, ¿alguien me acompaña a comprarme bragas?

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